Dos lenguajes. Las mismas Leyes. Una nueva cosmovisión.

Quién soy

Fruto de la Casualidad la misma semana que retomé mis estudios de Físicas me apunté a clases de Yoga. En esos momentos ya había completado estudios en Ingeniería de Telecomunicaciones, carrera universitaria que hubiera querido abandonar a los pocos meses de iniciarla, pues no estaba alineada con mi campo de interés. Pero una coyuntura familiar adversa y compleja me situó en un callejón sin salida cuya única escapatoria fue hacia adelante. Y paradójicamente, el afán por alejarme de ese entorno me espoleó a enfocarme en superar los estudios lo antes posible con tanto esmero que sorprendentemente terminé graduándome con una nota media final de carrera de 10.

Por eso, cuando decidí retomar mis estudios de Físicas en Valencia, que es lo que hubiera querido hacer realmente al terminar el instituto, pude sacar provecho de la convalidación de asignaturas de Telecomunicaciones y unas pocas que saqué años atrás en la Facultad de Físicas de Barcelona mientras terminaba el proyecto final de carrera de la Ingeniería Técnica. Y ante la incierta posibilidad de poder completar estos segundos estudios universitarios, pues debía cursarlos a la par que trabajaba a jornada completa en el ámbito de la telefonía, decidí matricularme de las asignaturas más «jugosas» en vez de intentar seguir un orden y sacar curso por año.

Así, en el primer trimestre empecé con Física Cuántica, para seguir con Termodinámica y otras en el segundo (finalmente terminaría, no sólo licenciándome, sino realizando mi tesis doctoral en colaboración con el CERN).

Apenas pasaron dos meses y ya me empezó a llamar la atención que tanto en las clases de Yoga como en las de Física Cuántica se hablara de energías, vibraciones, valores o estados y empecé a presentir que, aunque aparentemente eran campos de conocimiento mutuamente excluyentes, en el fondo buscaban describir una misma realidad, con lenguajes diferentes pero términos en común, que con el paso del tiempo convergirían a mismas leyes esenciales, de cuya sorprendente fusión surgiría una nueva cosmovisión y un inesperado nítido sentido de la Vida.

Las clases de Yoga me abrieron las puertas a un mundo mágico guiado por un maestro que desprendía fuerza y misterio, divertido, disciplinado, sorprendente e implacable, que sabría más adelante que había sido iniciado en Tíbet y pertenecía a diversas órdenes esotéricas ocultas.

Sin darme cuenta el Yoga me envolvió como un torbellino empezando a nutrir la componente mística que no sabía que habitaba en mi. La práctica empezó a dar ciertos Frutos, para descubrir que hay mitos que son realizables, abriéndose mi mente a lo desconocido al advertir que había un conocimiento oculto de trascendencia real que la literatura relativa al mismo induce a interpretar como exclusivamente simbólico o fantasioso.

Pasado un tiempo se me propuso una relación como discípulo, y con el estrechamiento de ese vínculo se abrió el acceso a nuevas dinámicas que propiciaron que en la senda espiritual surgieran más hallazgos, despertares y revelaciones, de entre las cuales, muy a menudo se encontraban conexiones con la Física entendibles fundamentalmente por mediante analogías. Literalmente fue como si entre mis dos hemisferios cerebrales se hubiera tendido un puente.

Poco a poco el maestro por el que estaba siendo iniciado fue encontrando el contexto para darse a conocer, atrayendo a más adeptos, de entre los cuales surgirían nuevos discípulos y discípulas tras un proceso inclemente de cribado y todos éramos sometidos a pruebas cada vez más exigentes, especialmente los dos que llevábamos más tiempo bajo su tutela.

En verdad, cada uno de nosotros recibía un goteo de conocimiento diferente según cual era su temperamento y el trato dispensado me resultaba cada vez más controversial, generándose situaciones límite asimétricas desafiantes para testar nuestra reactividad. En ese marco se empezó a plantear el propósito de despertar la energía Kundalini, con lo que suponíamos que estas pautas eran precisas para la realización de tal fin.

Poco a poco las narrativas de las experiencias de algunos de los integrantes del grupo iniciático fueron casando con los síntomas del despertar de la energía Kundalini. Pero ese no era mi caso. A pesar de ser el primer discípulo del grupo en conocer a ese maestro, daba la sensación que no me estaba reservado el privilegio de elevar la energía sagrada. Los vínculos fueron demandando más contraprestaciones al punto de apreciar la sutil pero definida deriva hacia la constitución de un grupo sectario.

Habiendo todos despertado Kundalini menos yo, harto de abusos de poder, vejaciones y manipulación, decido abandonar el grupo, sufriendo la reacción que confirmaba que mis compañeros habían sido satisfactoriamente programados para responder como procede para demostrar su fidelidad al Gurú.

Y, sin embargo, la mayor de las sorpresas estaba por llegar. A los poco meses de retirarme, en un contexto de escasez y aislamiento acentuado, aunque manteniéndome fiel a las rutinas incorporadas asociadas a la práctica física, energética y espiritual, me vi sorprendido por una experiencia que sin duda identifiqué con el despertar de la energía Kundalini, en solitario, pues se me había hecho conocedor de los síntomas que bien pude identificar y que el tiempo no hizo sino confirmar, todo lo cuál me llevó a un estado energético que se sostuvo durante unos pocos años.

Pero lo más aterrador fue corroborar que además de haber elevado esa energía, había cuajado en mi el entendimiento de los procesos subyacentes que son requeridos para que eso suceda, tras definir y encajar las últimas piezas del puzle que unificaba la Física con el Yoga, cuyas claves me fueron facilitadas mediante un proceso inverosímil de guiado a distancia tras haber abandonado el grupo iniciático, que entroncaba con la Cábala y el Tarot, relacionado principalmente con los fenómenos ondulatorios y cuyo punto de encaje se sostenía en uno que aprendí cuando estudiaba los circuitos eléctricos de corriente alterna mientras cursaba Ingeniería en Telecomunicaciones, esa carrera que desde un principio quise abandonar.